BIOGRAFÍA ESCUETA DE UN ESCÉPTICO
Nací en Mar del Plata un 8 de febrero, el mismo año en que —según dicen— el hombre llegó a la Luna. Podría decir que nunca me lo creí, pero esa sospecha llegó mucho después.

Crecí en un hogar afectuoso y respetuoso, atravesado por la educación católica: bautismo, primaria en colegio religioso, catequesis y primera comunión. Sin embargo, ya de chico me inquietaban ciertas contradicciones. Mientras en clase me hablaban de Adán, Eva y Moisés, yo leía sobre el Big Bang y me preguntaba cuál de las dos historias era la real.
Mi madre me dio una respuesta salomónica: lo religioso era parábola, lo científico, realidad. Me alcanzó… por un tiempo.
El gusto por la lectura venía de antes. Mi padre me sentaba en su regazo y me narraba historietas, viñeta por viñeta. Aprendí a leer con Plaza Sésamo y me lancé a Asimov, Clarke y Bradbury antes de terminar el preescolar (entendiendo poco, pero fascinado). En los recreos leía en un rincón: ni fútbol, ni juegos, ni sillas para subirme.

La adolescencia me llevó a una escuela técnica: me recibí de técnico electrónico y me hice ateo por decantación. Crecí entre Star Wars, Star Trek y héroes de acción made in Hollywood, convencido de que algún día sería piloto de naves espaciales.
El segundo gran sacudón llegó un 11 de septiembre de 2001. Fue cuando empecé a ver los hilos invisibles y a sospechar que muchas certezas eran solo buenos decorados. Internet —todavía joven— se convirtió en mi lupa y mi linterna. Matrix dejó de ser una película de ciencia ficción para convertirse en una metáfora incómodamente precisa.
Desde entonces, cuestioné todo: la llegada a la Luna, la ciencia convertida en dogma, la religión como historia literal, y cualquier verdad que requiera más fe que pruebas. No me convencen los “mirá si tanta gente se va a poner de acuerdo” ni los papers promocionados por quienes venden sus conclusiones.

Hoy me reconozco escéptico y agnóstico. No necesito creer en un dios todopoderoso para amar a los demás, ni en una institución científica para aceptar algo como real. Vivo dentro del sistema, sí, pero procurando que juegue a mi favor más que en mi contra.
Si algo de todo esto resuena con vos, bienvenido.
Henry Drae


